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Tinku de Macha

Tinku de Macha: ritual ancestral entre polvo y sangre

Cada mayo, el Tinku de Macha convierte a un pueblo del altiplano boliviano en un escenario de encuentro, resistencia y ofrenda. Lo ancestral y lo contemporáneo se cruzan en un rito que danza, bebe y pelea con la Pachamama.

Equipo Nativa Digital 8 meses atrás

Llegar a San Pedro de Macha un miércoles a las dos de la tarde es entrar en un letargo. A dos días del Tinku de Macha, el aire es seco y frío, pero el sol arde como si fuera fuego. La calma aparente es solo el preludio de una de las ceremonias más intensas de la cultura andina, donde el encuentro de comunidades se traduce en lucha, fiesta y conexión espiritual.

Tinku de Macha: ritual ancestral entre polvo y sangre

El Tinku de Macha, entre la historia y el rito

San Pedro de Macha parece inmóvil, como si el tiempo se detuviera antes del estallido. En sus calles polvorientas, los pocos transeúntes se mueven bajo toldos plásticos, buscando sombra ante un sol que arde sin piedad. Las residenciales están repletas. Solo una casa en construcción ofrece techo a los recién llegados. Dos colchones, una llave, un enchufe, un baño compartido. Y una vista hacia el valle, donde el lecho seco del río deja ver a campesinos recogiendo piedras para la construcción. En Bolivia, hasta lo escaso se negocia.

Memoria y sentido: el origen del Tinku

San Pedro de Macha no es un destino turístico. Es un territorio vivo, donde la mayoría de los habitantes se comunica en quechua. El castellano es usado poco o nada. Sin embargo, la amabilidad existe, pero la desconfianza hacia los forasteros también. Con paciencia, es posible entablar conversación. Así lo hace el historiador local Serapio Burgoa, quien recuerda:

“Tinku quiere decir encuentro. Pero no es cualquier encuentro. Es la confrontación ritual entre las parcialidades de Alasaya y Majasaya. Un evento ancestral, donde las comunidades del territorio Calajara ajustaban cuentas, sellaban pactos y devolvían la sangre a la tierra”.

El pueblo despierta

El jueves al amanecer, la torre de la iglesia colonial brilla dorada bajo el sol. Y con ella, el pueblo comienza a transformarse. Vehículos llegan desde todas direcciones. Toldos, carpas, ferias improvisadas ocupan cada metro cuadrado. Vendedores ambulantes ofrecen desde frutas y juguetes hasta herramientas, repuestos y artesanías. El sonido de motores, gritos, regateos y música compone una nueva atmósfera.

Frente a la alcaldía, un camión maniobra con dificultad. Al fin se detiene y tres hombres descargan cientos de cajas de cerveza, que son apiladas en bloques como si fuesen ladrillos. Mujeres, encargadas habituales del negocio, comienzan la distribución. La escena se repetirá varias veces durante el día. La cerveza, en Bolivia, no escaseará.

Por la tarde, la plaza se llena de ruidos estridentes. Una tarima ha sido montada junto a la iglesia. Dos técnicos prueban el sonido con canciones populares a todo volumen. Luego aparece un animador que, micrófono en mano, convoca al público. Tras varios minutos, las autoridades suben al escenario y comienza la ceremonia de inauguración del Tinku. El discurso es largo, simbólico, patriótico. “¡Que viva el Tinku de Macha! ¡Que viva Bolivia!”, grita el animador. Desde el público, la respuesta apenas se escucha.


Noche de polvo y fuego

Al caer el sol, la atmósfera se vuelve etílica. La policía patrulla, pero nadie regula el consumo. Grupos de amigos se instalan en la plaza con parlantes, radios de auto, y circulan entre las calles dejando una estela de polvo y residuos. Una mujer encorvada recoge latas de cerveza con un palo. Las ensarta una por una, llenando un saco enorme.

Las conversaciones giran en torno al fútbol, la política, las mujeres. Las cámaras no son bienvenidas. “Después venden las fotos en YouTube”, dice un vecino. Las primeras cervezas se ofrecen con el ritual de verter un sorbo al suelo. Es la Pachamama quien recibe primero.


Viernes: el gran encuentro

El viernes comienza con una voz estridente que resuena desde un vehículo que recorre las calles empedradas. Es la invitación oficial al Tinku de Macha. La pensión de doña Charo, antigua sede del Hotel Copacabana, está desbordada. El menú es acotado: sopas, guisos, cazuelas. El local no cerrará en tres días.

Fuera, los grupos comienzan a llegar desde comunidades vecinas. Las mujeres se visten con faldas cortas, escotes, peinados llamativos. Los hombres muestran su fuerza en cada paso. El Tinku es también cortejo. La entrada a la plaza no tiene horario ni protocolo. Corren, cantan, zapatean. Al centro del baile, las mujeres; alrededor, los hombres. El zapateo es brutal. La danza, circular. Y el alcohol, constante.


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Tinku: sangre para la tierra

En el clímax, la tensión se desborda. Surgen las primeras peleas. Los vecinos forman un ring con una cuerda. Al centro, dos combatientes, uno frente al otro. No hay guantes. No hay patadas. Solo puños, sudor, tierra y orgullo. La pelea termina cuando uno cae. Luego, el saludo, la reconciliación.

A veces es venganza. A veces es purga. Siempre es rito. Don Serapio cuenta que antes no intervenía la policía. Hoy, el control es parcial. Todos saben que al menos una muerte ocurre cada año. Golpes mal dados, congelamientos, borracheras fatales.

Los rings colapsan. Las peleas se esparcen por todo el pueblo. La autoridad desaparece. El caos es total. Algunos bares improvisados siguen funcionando. Garajes con sillas plásticas, chicha en balde, parlantes distorsionados.


Un legado vivo

El Tinku de Macha no es folklore. No es postal. Es un grito ancestral que resiste. Una ofrenda viva a la Pachamama. En un mundo que avanza hacia la homogeneidad, Macha mantiene su diferencia a puños, a cantos, a sangre.

No es una fiesta para espectadores. Es una ceremonia donde la identidad se reafirma, la comunidad se reconoce y el pasado vuelve con fuerza para tocar el presente.


Escrito por Tomás Samael.
Director de Proyectos
Fundación Nativa

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