La ansiedad transforma la vida en una fotografía borrosa: un mareo eterno donde el miedo gobierna. Se convierte en un intento desesperado por evitar las crisis, ahuyentar el peligro, combatirlo. Esta es una crónica íntima sobre cómo -intenté- enfrentar la ansiedad y las crisis de pánico a través de la fotografía.
Santiago, Chile. Interior. Metro – Noche
Manos temblorosas se aferran a las correas de una mochila. Una capucha negra oculta el rostro. El equilibrio es precario dentro de un vagón repleto donde cada elemento parece una amenaza. Todo se ve como una fotografía con obturador lento: estelas, objetos movidos, una cámara lenta fantasmal. Los pies no tocan el suelo; caen en un abismo sin sentido. La respiración profunda se convierte en un escudo contra una ola de pánico que amenaza con arrasarlo todo.
Si esto fuera una película, el protagonista se desplomaría, una música triste lo acompañaría, y la escena se fundiría a negro. Pero la realidad es menos poética: no hay tregua. Se lucha segundo a segundo contra uno mismo. El antagonista de esta historia: mi mente.
Los ojos se me cierran. Fade a negro.
Las crisis de pánico
Las crisis de pánico pueden irrumpir en cualquier momento y lugar. Son episodios repentinos de miedo intenso con síntomas físicos y emocionales: palpitaciones, falta de aire, mareos, sudoración, desrealización, despersonalización.
Buscando entenderme, me acerco a la psicología. En el libro «Trauma y EMDR», se describe cómo los recuerdos son imágenes flexibles que el cerebro adapta con el tiempo. Pero el trauma se comporta distinto: es como una fotografía fija, una imagen congelada en la mente con brutal nitidez. Esa rigidez explica por qué las víctimas reviven los traumas al detalle.
Decido iniciar un viaje personal de sanación con la cámara en mano. Un intento por transformar la imagen congelada del terror en una que pueda moldear, flexibilizar, reinterpretar.
Crisis de Pánico: La fotografía como forma de sanación
Para algunas culturas, la fotografía roba el alma. Espero conseguirlo, al menos metafóricamente. Con una Nikon FM2 análoga, un lente de 35mm y el obturador en 1/4, salgo a recorrer Santiago. La cámara es mi cabeza. Es mi ansiolítico. Mi antidepresivo. Mi cazafantasmas.
Camino durante días, semanas. Intento provocar la enfermedad, sentirla de nuevo, arrancarla desde sus raíces. Uso película caducada Fujifilm, forzada en 2, 3 y hasta 4 pasos de luz. Busco el contraste, el grano, las manchas. Al forzar la película, obtengo imágenes más viscerales, hirientes, llenas de entes, de ‘otros yo’.
Cada clic libera una parte de mi alma. Cada arrastre de película deja expuesta mi ansiedad. Enfrento la incomodidad de las personas, los espacios. El pánico no siempre aparece, pero la ansiedad susurra: «estamos en peligro». Me desdoblo. Me enfrento, me reconozco. Camino. Caminamos.
La ansiedad constante
No se trata solo del miedo a la crisis, sino del temor constante a su posible regreso. Ese miedo anticipatorio puede ser igual de incapacitante. Lugares comunes se vuelven campos de batalla. La ansiedad se filtra: sudoración, mareos, falta de aire. Se instala. Controla.
En mi cocina, el proceso de revelado se convierte en catarsis. Agito el tanque con rabia, sin seguir las normas. Remuevo miedos, los revivo, los (re)siento. No quiero ser el padre temeroso que proyecta peligros invisibles. Mi hija ya ha aprendido a leerme. Los miedos aparecen menos. O eso quiero pensar.
Fade out
Me aferro de nuevo a las correas de mi mochila. La capucha cubre mi rostro. Lucho por mantenerme en pie en un vagón semivacío. La vida sigue siendo una imagen tomada con obturador lento. Una cámara lenta fantasmal. Pero respiro. Sigo. Es de noche en Santiago. Línea 6. Dirección: mi casa. Todavía me quedan cuadras por caminar. Son en mi vida – la ansiedad y el pánico – formas larvadas de terror.
Conclusión
Cada persona enfrenta su ansiedad desde un lugar distinto. Esta es solo una historia entre muchas. Pero hay algo que sí compartimos: la urgencia de encontrar una manera de narrar el miedo. Puede ser con palabras, con imágenes, con caminatas en la madrugada o con abrazos demorados. La ansiedad no se supera en silencio; se sobrevive contándola. Porque cuando la reconocemos, cuando la exponemos, cuando la disparamos en una fotografía, deja de ser un monstruo y se convierte en parte del relato. Y todo relato, al ser contado, pierde parte de su poder.

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